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Opinión

Cuentos de siempre y cuentos de ahora. Revisando los cuentos clásicos desde la biblioteca escolar.

Imagen 1. Basilia la bella
Cuentos de siempre y cuentos de ahora. Revisando los cuentos clásicos desde la biblioteca escolar

Ana Nebreda Domínguez. Maestra, asesora en el CEP de Cáceres

Blog: https://biblioabrazo.wordpress.com/

Los cuentos tradicionales son Patrimonio Cultural de la Humanidad y existen en todas las culturas porque responden a necesidades y preguntas de un colectivo en un momento de su historia.

En muchas ocasiones estas inquietudes son comunes y permanentes en sociedades de lugares muy distantes y se repiten sus temáticas, sus metáforas, los personajes, las tramas y las resoluciones: historias de amor, de amistad, de familia, de venganzas, de generosidad, de avaricia, de justicia… en definitiva de pura existencia individual y colectiva. Los estudios de Vladimir Propp (antropólogo, lingüista e investigador de los cuentos populares rusos) pudieron establecer una relación entre todos los cuentos tradicionales (también llamados cuentos maravillosos o cuentos de hadas) de la cultura occidental a través de sus estructuras similares. ¿Acaso formarán parte de la memoria colectiva de la Humanidad por los valores, creencias e inquietudes que transmiten?

La lectura del libro Una casa de palabras de Gustavo Martín Garzo (2013), nos lleva a profundizar sobre el valor de los cuentos tradicionales. Es muy recomendable leer las ricas interpretaciones que se hacen en el libro sobre cada uno de estos cuentos antiguos. Y comenta así el autor:

Imagen 2. Cuentos de Grimm

Me sorprende la ceguera de los adultos frente a los cuentos, a los que, en el mejor de los casos, consideran un disculpable recurso para entretener a los niños inquietos, especialmente a la hora de dormir. Basta con detenerse en las nuevas adaptaciones que se hacen de cuentos eternos como Caperucita roja, Blancanieves, La cenicienta o La bella durmiente, para ratificarlo.[…] Todos los lugares comunes de nuestro tiempo se dan cita en estas nuevas versiones, que olvidan la dimensión simbólica de estas historias eternas.[…]

Me disculpa el amor que siento por los cuentos maravillosos. Un amor que, lejos de disminuir, no ha hecho sino acrecentarse con el paso del tiempo, hasta el punto de que si hoy alguien me preguntara qué obra me gustaría que representara a la humanidad en una hipotética Biblioteca del Universo, no dudaría en elegir Cuentos de niños y de hogar, de los hermanos Grimm. Para mí ningún libro expresa mejor toda la maravillosa y triste locura que hay en el corazón humano”.

 

Las buenas ediciones

Por otra parte, hay que poner interés en elegir buenas publicaciones (detener la mirada en los aspectos textuales, de ilustración y de edición) para que la calidad del libro que tenemos entre las manos sea el principal criterio que nos haya llevado a su adquisición. Sin olvidar que debe responder a la necesidad o al interés de su lectura para los bebés, para los lectores en marcha, para los lectores avanzados o para lectores adultos.

Solo un mínimo de títulos de estos cuentos tradicionales se publican masivamente, y sin embargo, en este proceso de selección de los mejores cuentos descubriremos la amplísima cantidad de cuentos antiguos que existen, aunque no todos difundidos de igual manera. Hablamos de los cuentos tradicionales de todos los continentes y también de los cuentos populares de nuestro entorno, en los que se reivindica siempre un gran legado cultural y cuyos relatos fantásticos y misteriosos albergan la sabiduría del conocimiento del mundo y de los desafíos humanos.

No podemos conformarnos con la selección de los pocos títulos que se editan, sino que debemos indagar hasta conseguir acceder al gran acervo de cuentos clásicos que están en la parte trasera de los escaparates, porque tienen más dificultad de distribución, porque han sido relegados en la industria del libro o, en definitiva, porque aún no han llegado a ser saboreados en toda su plenitud por los lectores. De este modo evitaremos que la enorme fantasía contenida en la literatura infantil y juvenil se vea reducida a pocas historias, y enriqueceremos con ella nuestra mente lectora.

He podido constatar que, por no haber creído en lo mágico en un cierto período de su vida, por no haber tenido bastantes sueños, fantasías, y por no sentirse relacionados con lo imaginario a una edad en que esto es beneficioso, muchos adolescentes o adultos son incapaces de afrontar los rigores de la vida adulta.” (Bruno Bettelheim)

La buena literatura infantil y juvenil debe ser sobre todo fascinante, debe provocar asombro. Si de lo que hablamos es del cuento tradicional apuesto por la literatura que muestra las cosas tal y como son, sin retocar sus textos para disfrazar lo que nos transmiten. En ella aparecen conflictos, esclavos, violencias, injusticias, machismos, incestos, abandonos, rebeldías, muertes… Muchos aspectos que son despreciables pero reales, a veces reflejos de las coordenadas históricas, y que con espíritu crítico podrán ser vehículo para la formación social y personal del que lee.

Quiero saber de todos los cuentos y siempre poder elegir desde el conocimiento abierto, sin hacer invisible nada, sin censurar ni evitar ninguna historia, sin ocultar ninguna literatura. Quiero saber por qué se originaron, cómo eran las gentes de ese lugar, qué soñaban, qué temores les acuciaban, por qué acudían a la convocatoria de estos cuentos. No quiero perder de vista el valor de lo literario y lo imaginario en ellos:

Todo el mundo del cuento es un viaje por esas fantasmagorías del corazón. Acudimos a él no para ver nuestra vida real, sino la soñada; no nuestros éxitos o nuestros fracasos, sino las criaturas que pueblan nuestras fantasías. No leemos para buscar lo que existe, un espejo que nos dé la imagen de lo que sabemos, sino para ver más allá. No para acercarnos a lo que somos, sino a lo que deberíamos ser: para ser lo que no hemos sido”. (Martín Garzo, 2013) 

Los cuentos clásicos han sido además un inagotable motivo de inspiración para muchas generaciones de artistas. En ocasiones sus producciones artísticas son fieles a las historias originales, y en otras les dan una vuelta para edulcorar su apariencia, para rebelarse a los estereotipos que presentan, o para explorar otras posibilidades artísticas que las ya contadas, y que aportan guiños que matizan mensajes para adentrarse en nuevas interpretaciones. Prueba de ello es que ni siquiera los Grimm pudieron reprimir una dosis de censura y de cambio en los cuentos que recogieron, o que en las investigaciones de Marian Cox se llegaron a reunir hasta 324 versiones de La Cenicienta.

Los cuentos de ahora

Si quieres enriquecer tu catálogo de cuentos debes ponerte en acción y leer. Leer a solas y en compañía; leer en silencio y leer en voz alta. Leer hasta que encuentres lo que te apetece contar y compartir, porque en esto de contar a otros tienes que estar convencido y entusiasmado con tus motivos.

Nuestra reacción ante la lectura está más en función de lo que sucede en nuestro interior que en función del contenido del libro... Los libros reposan en espera de que estemos preparados.“ (Bruno Bettelheim)

Seguramente en esta búsqueda encuentres también historias que son una réplica a los clásicos con nuevas maneras de mirar al mundo y de contarlo. Es un ejercicio de crítica, de creación, y también un ejercicio cargado de simbología que no puede obviarse, y a la que no quiero censurar en absoluto porque son cuentos de nuestros tiempos.

Existen, pues, los cuentos tradicionales en sus versiones clásicas y los cuentos tradicionales revisados, pero también existen numerosas versiones que modifican la esencia inicial del cuento tradicional.

Los cuentos tradicionales versionados surgen de la necesidad de comunicar descubrimientos, de transmitir nuevos valores humanos, de alertar, de mostrar las exploraciones del mundo exterior e interior que suceden en la sociedad actual, muy diferente de aquella en la que se creó el cuento original. Además, la naturaleza del cuento no es estática, sino que tiende a moverse, a crecer y a adoptar múltiples apariencias.

Las nuevas historias versionadas de los cuentos antiguos deben estar destinadas para los lectores avanzados que han escuchado o leído ya los cuentos clásicos. Son lecturas para la reflexión que en algunas y aplaudidas versiones llegan llenas de humor. La risa en estas ocasiones solo puede dispararse si ya conoces la historia original. Suponen también un acto de rebeldía y de identificación (tan necesarias en el proceso de crecer) imaginando otros comportamientos en los protagonistas que, al actuar en escenarios simbólicos similares, son capaces de desencadenar finales muy diferentes a los conocidos.

Las historias de estas versiones son las que nos animan a hacernos la pregunta soñadora: “¿Y qué pasaría si…?”, que nos dará la oportunidad de imaginar otro mundo y otra historia, en la que, a través de la piel del protagonista, nuestro pensamiento y nuestras emociones se pondrán también en acción.

Seguro que los lectores serán capaces de detectar las semejanzas y diferencias entre el cuento tradicional y la nueva versión. Las dos formarán parte de su camino lector sin que tengan que prescindir de alguna de ellas, si así lo deciden.

Como adultos mediadores de la lectura, nuestra tarea principal es poner en el camino del aprendizaje de la lectura buenas historias, libros que fascinen a los niños, textos con contenidos que despierten el deseo de leer.

Desde pequeños los cuentos tradicionales tienen un gran atractivo: contienen luchas y triunfos, el bien y el mal, risas y lágrimas… Los niños, igual que los adultos, disfrutan con historias emocionantes y con personajes que no engañan y muestran sus verdaderos sentimientos.

Y a medida que avanzamos, nuestra curiosidad se despierta al pensar que estas historias pueden suceder de otro modo, que podemos cambiar el curso del destino de los personajes, que nuestro pensamiento puede actuar en ese escenario imaginario para comprender mejor nuestra realidad actual e incluso poder transformarla.

Los niños son los grandes amigos de los cuentos. Tienen un gran respeto por la historia. Cuando ven que una persona mayor se dedica a hablarle durante unos minutos, ve que esa persona le da importancia a él. Si queréis ser alguien especial para los niños, contadles cuentos”. (A.R. Almodóvar en La memoria de los cuentos.)

Todos los cuentos

Los cuentos de siempre, (los tradicionales), y los cuentos de ahora, (los versionados), nos hacen pensar en asuntos importantes de la vida que suceden desde la infancia hasta la vida adulta: nos plantean los conflictos derivados de la ruptura de una promesa, de la envidia en los afectos, de juzgar por las apariencias, de la infidelidad, de la imprudencia en nuestras actuaciones, o de la astucia para lograr un fin. Un abundante despliegue de comportamientos humanos que ayudan a los protagonistas, y con ellos a los lectores, a madurar.

Todo ello se piensa en el maravilloso escenario de la fantasía y con el poder de convocatoria que tienen los cuentos, que buscan la compañía y el trato.

Dice Ana Cristina Herreros que “gracias a la capacidad del hombre de poder contar historias a la comunidad y de estimular con ello la confianza en el otro, el ser humano consiguió la cooperación. Esta capacidad de trabajar en común, de cazar juntos, hizo posible que la especie humana, más débil físicamente que otras especies, consiguiera evitar su extinción”.

¿No es acaso una razón de peso para esmerarse en estar juntos y narrar o leer historias? Nuestras bibliotecas escolares deben estar repletas de estas historias imaginarias porque no están tan lejos de la realidad como aparentan y son un potente estímulo para crecer, para aprender, para crear, para reunirnos y para no olvidar.

No puedo resistir compartir un texto de nuestro adorado Roald Dahl de sus Cuentos en verso para niños perversos, con su habitual humor, mordacidad y ternura: una sutil y explosiva mezcla que ha acopiado entusiastas lectores de todo el mundo. Esta Caperucita Roja tan particular tiene ya más de 20 años de existencia, y sigue siendo una revisión del clásico llena de frescura.


“¡Si ya nos lo sabemos de memoria!”,

diréis. Y sin embargo, de esta historia

tenéis una versión falsificada,

rosada, tonta, cursi, azucarada,

que alguien con la mollera un poco rancia

consideró mejor para la infancia…

CAPERUCITA ROJA Y EL LOBO

Estando una mañana haciendo el bobo

le entró un hambre espantosa al Señor Lobo,

así que, para echarse algo a la muela,

se fue corriendo a casa de la Abuela.

“¿Puedo pasar, Señora?”, preguntó.

La pobre anciana, al verlo, se asustó

pensando: “¡Este me come de un bocado!

“Y, claro, no se había equivocado:

se convirtió la Abuela en alimento

en menos tiempo del que aquí te cuento.

Lo malo es que era flaca y tan huesuda

que al Lobo no le fue de gran ayuda:

“Sigo teniendo un hambre aterradora…

¡Tendré que merendarme otra señora!”.

Y, al no encontrar ninguna en la nevera,

gruñó con impaciencia aquella fiera:

“¡Esperaré sentado hasta que vuelva

Caperucita Roja de la Selva!”

-que así llamaba al Bosque la alimaña,

creyéndose en Brasil y no en España-.

Y porque no se viera su fiereza,

se disfrazó de abuela con presteza,

se dio laca en las uñas y en el pelo,

se puso la gran falda gris de vuelo,

zapatos, sombrerito, una chaqueta

y se sentó en espera de la nieta.

Llegó por fin Caperu a mediodía

y dijo: “¿Cómo estás, abuela mía?

Por cierto, ¡me impresionan tus orejas!”

”Para mejor oírte, que las viejas

somos un poco sordas”. “¡Abuelita,

qué ojos tan grandes tienes!”. “Claro, hijita,

son las lentillas nuevas que me ha puesto

para que pueda verte Don Ernesto

el oculista”, dijo el animal

mirándola con gesto angelical

mientras se le ocurría que la chica

iba a saberle mil veces más rica

que el rancho precedente. De repente

Caperucita dijo: “¡Qué imponente

abrigo de piel llevas este invierno!”

El Lobo, estupefacto, dijo: “¡Un cuerno!

O no sabes el cuento o tú me mientes:

¡Ahora te toca hablarme de mis dientes!

¿Me estás tomando el pelo…? Oye, mocosa,

te comeré ahora mismo y a otra cosa”.

Pero ella se sentó en un canapé

y se sacó un revólver del corsé,

con calma apuntó bien a la cabeza

y -¡pam!- allí cayó la buena pieza.

—————————————

Al poco tiempo vi a Caperucita

cruzando por el Bosque… ¡Pobrecita!

¿Sabéis lo que llevaba la infeliz?

Pues nada menos que un sobrepelliz

que a mí me pareció de piel de un lobo

que estuvo una mañana haciendo el bobo.


Referencias bibliográficas


Gustavo Martín Garzo. Una casa de palabras.Editorial Océano

Bruno Bettelheim. Aprender a leer. Editorial Crítica

Antonio Rodríguez Almodóvar. La memoria de los cuentos. Rtve. A la carta

Ana Cristina Herreros. Cuentos populares del Mediterráneo. Editorial Siruela
 

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