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Opinión

Leer para seguir siendo

NLópez books
Nando López
Escritor de Literatura juvenil. Ganador del Premio Gran Angular 2020

Los libros nos ofrecen un espejo en que mirarnos para descubrir quiénes somos, quiénes habríamos podido ser o hasta en quiénes queremos evitar convertirnos. No se trata, en absoluto, de reivindicar el realismo como el único modo de contarnos, sino de valorar la riqueza de las imágenes que nos ofrece cualquier género literario sobre la realidad que nos pertenece y también sobre aquella de la que, a menudo, no nos atrevemos a adueñarnos. Páginas que a través del misterio, la crítica social, la fantasía o el aliento poético nos invitan a hacernos preguntas que no siempre resultan cómodas pero que, sin embargo, sí son necesarias, pues nos ayudan a conocernos y a empatizar con otras vidas ajenas a la nuestra.

Ese hallazgo autorreferencial que nos otorga el acto literario —saber que existimos porque descubrimos que nos cuentan— resulta esencial en la adolescencia, una etapa en la que la pregunta sobre el yo es el núcleo de nuestros días: quién soy, qué quiero ser, cómo quiero que me vean los demás… Interrogantes que se ven acentuados por el miedo y la presión del grupo, por la virulencia de las redes sociales y por los complejos que en estas nuevas generaciones pareciera que resultan aún más difíciles de superar entre likes y followers que convierten nuestra cotidianidad en materia tristemente cuantitativa.

Ante esa maraña de dudas, la literatura no solo nos ofrece un momento de evasión deseable y necesario, sino también una herramienta que nos ayuda a definirnos, a visibilizarnos, a romper esos prejuicios que nos hacen creer que nuestra individualidad debe ser escondida o, cuando menos, matizada. Porque de entre los múltiples valores que tiene la lectura, hay dos que me resultan esenciales: por un lado, es un acto máximo de libertad —nadie nos puede obligar nunca a compartir la misma interpretación de una obra literaria: al revés, hay tantas como lectores— y, por otro, es un canto en sí mismo a la diversidad, algo que, como persona LGTBIQ, he vivido de cerca: en mi caso, los versos de Cernuda salvaron del silencio al adolescente que fui. Cada novela, cada poemario, cada ensayo o cada obra teatral encierra un universo artístico diferente y una galería de personajes, temas y emociones completamente personales, de modo que leer no solo es un acto revolucionario, sino también un camino que nos ayuda a dejar atrás la uniformidad y a abrazar la diferencia como la única realidad posible. El único rasgo que, en verdad, nos define y suma.

Por eso es importante que los libros recojan el sentir y las preocupaciones de la adolescencia, pero no desde una mirada exclusivamente sincrónica, sino con una aspiración mucho más compleja y universal. Muchas de las escritoras y escritores que, actualmente, cultivamos la llamada literatura juvenil tratamos de conciliar el retrato del ahora con el planteamiento de cuestiones que son parte de la historia de la literatura desde sus inicios, tales como el legado familiar, la construcción de la identidad o el salto —siempre complejo— hacia la madurez.

No se trata de negar el hoy —protagonista de gran parte de mis libros— sino de evitar caer en lo pintoresco y en lo costumbrista, pues lo contrario nos alejaría de la construcción de personajes complejos y nos acercaría a prototipos e incluso caricaturas que tampoco satisfarán a los lectores adolescentes, mucho más críticos y exigentes de lo que la sociedad imagina. Creer que la inclusión de ciertos modismos lingüísticos —que pasarán de moda tan pronto como se haya publicado el libro— o la reproducción de actitudes y hasta de determinadas aplicaciones es suficiente para conseguir su interés no solo es un error evidente, sino también un modo de subestimar tanto su capacidad de análisis como su necesidad de historias que los estimulen, emocionen e interpelen.

En mi caso, tanto en mis años en la docencia como en mi actual faceta de escritor, siempre intento acercarles historias que resulten, además de atractivas, incómodas, pues considero que la adolescencia es una edad próxima al reto, siempre dispuesta a aceptar el desafío que les puede ofrecer un texto literario que dialogue con ellos en un plano de igualdad, sin condescendencia, tratándolos del mismo modo que nos aproximamos a los lectores adultos.

Por este motivo, para mí la verdadera LIJ es aquella que evita la moralina, la que no se autocensura, la que plantea personajes contradictorios y poliédricos —tan complejos como cualquiera de nosotros— y, en definitiva, la que solo recibe el calificativo de juvenil por presentar temas que pueden captar la atención de los jóvenes, pero no porque no sea tan compleja en sus formas e intenciones como la que destinamos a lectores de mayor edad. Es más, si esos otros lectores se acercaran al universo de la LIJ tal vez contarían con nuevas claves para entender a esa juventud de la que, a veces, parecen sentirse tan alejados. En ese sentido, la literatura no solo nos ayuda a encontrarnos a nosotros mismos, sino que también nos ofrece puentes intergeneracionales que, en este contexto, seguramente necesitamos más que nunca.

Por otro lado, al abordar la lectura y el comentario en el aula de estos títulos contemporáneos, deberíamos siempre girar también la mirada hacia los clásicos que los inspiran. En mi caso, confieso que como escritor me divierte ir sembrando mis novelas juveniles con las obras de la tradición de la que beben —ya sea Lorca en La versión de Eric, A sangre fría en La edad de la ira o El guardián entre el centeno en En las redes del miedo—, pero esas referencias, por supuesto, no siempre son evidentes aunque sí que formen parte de la naturaleza intertextual intrínseca a toda obra literaria. Comprender el hoy desde la mirada del ayer y establecer puentes entre los textos que se escriben ahora con los clásicos que pueblan nuestras programaciones curriculares puede contribuir en el aula a un acercamiento mucho más amable a esos mismos clásicos, de modo que evitemos que nuestro alumnado perciba la Literatura como un repertorio infinito de nombres y fechas, sino que la viva como un conjunto de obras que dialogan entre sí.

Un espacio diverso y libre en el que, si se acercan lo suficiente, encontrarán libros que hablen de quiénes son. Y del esfuerzo que hacemos, cada día de nuestras vidas, para seguir siendo. Porque quizá la adolescencia no sea una edad, sino una actitud: la certeza de que no queremos dejar de aprender ya que seguimos adoleciendo de todo lo que la vida y, con ella, la literatura puede ofrecernos.

Podéis encontrar más información sobre la obra de este autor en https://nandolopez.es/

 

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