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Opinión

Literatura juvenil, ¿de? ¿para?

Gustavo Bombini

Profesor e investigador de Didáctica de la Lengua y la Literatura en la Universidad Nacional de San Martín (Argentina)


El campo de la literatura juvenil se presenta como un territorio de producciones y lecturas anexo a la literatura infantil, acaso concebido en clave de continuidad pero que habría que reconocer en su diferencia y especificidad en relación con los problemas que plantea. De hecho, muchas de las siglas que identifican a las organizaciones, sociedad, ateneos, o el formato de agrupación que sea arrastran esa malsonante “J”. CEPROPALIJ en Comahue, CEDILIJ en Córdoba, EDILIJ en Mendoza, CEMILIJ en Misiones, PLELIJ en la Universidad Nacional de la San Martín y ALIJA en la nación que es la filial del IBBY internacional, son algunas de las siglas a las que me refería.

Acaso esta agresión vía cacofonía se presente como un mal augurio para hablar de una literatura que en distintas intervenciones de escritura o de docencia hemos denominado “controvertida”, “polémica”, “artificiosa”, escrita “ad hoc” o por encargo y, en el peor registro de las calificaciones, hemos dicho “de mercado”. ¿Será que cada producción, cada manifestación, cada nuevo libro de la llamada “literatura juvenil” opera como una suerte de pequeño crimen de esa literatura?

Bromas aparte, no queremos asumir en este escrito una posición radicalizada, altamente crítica, acaso demoledora del género. Eso ya lo hicimos en el año 1992, con mi colega y amiga Claudia López en un artículo publicado en el número 1 de la revista VERSIONES dirigida a profesores secundarios que se publicaba desde la Secretaría de Extensión de la Universidad de Buenos Aires (Bombini, López, 1992:28-31). Aquel artículo llevaba el siguiente título: “La literatura ‘juvenil’ o el malentendido adolescente”, donde se nota cierta animosidad del título y el hecho de que el adjetivo “juvenil” fue escrito entre comillas, acaso por aquello de “una literatura sin atributos” sobre lo que hablaba el gran Juan José Saer en uno de sus ensayos, cuando se defendía de ser tildado de escritor “regional” por el hecho de que parte de sus ficciones ocurren en una localidad de provincia de Argentina. No repetiremos ahora, veintisiete años después, los mismos argumentos que esgrimimos en 1992, tan solo me detengo en el hecho de que esas críticas radicalizadas contra un modo de producir ficción que buscaba producir una literatura realista, que proponía un pacto de identificación en clave de reconocimiento de ciertos “temas de interés de los adolescentes” y que abogaba por el uso de lenguaje sencillo que no dificultara la lectura, se vinculaban directamente con la ligazón que establecíamos entre experiencia de la lectura en la adolescencia y la experiencia de enseñanza escolar. Era sobre ciertos sentidos de la experiencia escolar con la literatura, era sobre una cierta mirada que hoy recuperaríamos en clave de aquellos derechos que deben garantizar las políticas públicas y que en aquel momento retomábamos de un artículo traducido para el libro Literatura y educación que compilé para el Centro Editor de América Latina, también en 1992, y que contenía artículos de Roland Barthes, Gerard Genette, Stanley Fish, entre otros referentes críticos de entonces y entre ellos el crítico literario italiano Remo Ceserani, quien en su artículo “Cómo enseñar literatura” hacía la siguiente afirmación: “Para muchos jóvenes (la experiencia escolar a través de un manual o de una antología) es la única verdadera relación con la dimensión de lo literario en toda su vida” (Ceserani, 1992: 81). A partir de esta frase, nos posicionábamos en defensa de esa experiencia escolar de distinción, que es la formación literaria y nos alzábamos contra una producción de literatura catalogada como “juvenil” a la que observábamos alejada de ciertos modos de configuración del canon escolar o acaso de un canon nacional, que ratificaría aquello del capital cultural que detentamos gracias a la escolarización. Cuando decía pensar la cita de Ceserani hoy en clave de derechos, me surge rememorar las políticas de dotación de libros en las bibliotecas y aulas que llevaron adelante los tres gobiernos de Argentina que abarcaron el período 2003 a 2015 y me surge homenajear las políticas de dotación de acervos de mayor recorrido y experiencias que las argentinas, que son las que ha llevado adelante por varios sexenios la Secretaría de Educación Pública mexicana y otros organismos del área de cultura como CONACULTA y el Fondo de Cultura Económica. Políticas que se constituyeron como experiencias de aprendizaje para los que hemos pasado por la gestión pública en otros países de la región.

Actualmente —y en relación con esta presentación y con un desafío que me propuso la UNIPE (la Universidad Pedagógica Nacional) que es una edición escolar del Martín Fierro de José Hernández (quiero decir, “El gaucho Martín Fierro” y “La vuelta”) dentro de una colección que se llama “Intervenciones”, donde lo que me toca es “intervenir” el clásico con otros textos que entrarán en diálogo con él y con actividades que se van mechando a lo largo del libro— recordaba vagamente el título de un artículo de un libro incluido en un libro denominado Literatura y Sociedad (hay muchos libros que tienen ese título o similares de los años 60 y 70); este es publicado en Barcelona por Martínez Roca en 1969 y es, en realidad, la traducción de un libro publicado anteriormente por el Instituto de Sociología de la Universidad Libre de Bruselas. El nombre del artículo en cuestión, que resonaba interesante para pensar estos problemas de la literatura para jóvenes, es “La imagen histórica de la literatura en los jóvenes. Problemas de selección y clasificación” que, casi diría “como no podía ser de otra manera” fue escrito por Robert Escarpit (Escarpit, 1969:159-173), un nombre de nulo prestigio en nuestros repertorios teórico-literarios académicos de los años 80 en adelante. ¿Qué hace Escarpit en ese artículo?: indaga sobre “la actitud de los jóvenes ante la lectura” a través de una encuesta tomada a finales de 1962 a 4716 jóvenes reclutas del Centro de Selección Militar de Limoges. La encuesta sobre la lectura formaba parte de una serie de test diligenciados por el Servicio Psicológico del Ejército. Sobre 26 preguntas realizadas a los jóvenes reclutas, en este artículo Escarpit se detiene en la que dice: “Nombre a continuación cinco autores que conozca”. De estas respuestas emergerá lo que para Escarpit es la imagen histórica de la literatura en los jóvenes, o al menos de la de estos reclutas entre los que pocos han concluido sus estudios secundarios y sobre 4716, 1250 tienen estudios primarios incompletos. A riesgo de empezar a parecerme a Escarpit, dejo de lado los datos cuantitativos y me quedo con el dato de que tres quintas partes de los jóvenes reclutas han agotado ”todos” sus conocimientos literarios con menos de tres autores, que son los más altamente rankeados: Victor Hugo, La Fontaine y Alejandro Dumas.

Me pregunto qué pasaría con el Martín Fierro de José Hernández si ahora mismo saliera en busca de unos miles de reclutas argentinos para entrevistar.

A la manera de Harold Bloom, el crítico norteamericano del canon, me preguntaría qué efecto ha tenido el curriculum de la educación pública en la construcción de esa imagen histórica de la literatura y qué queda de esa imagen histórica si una parte significativa del canon de lecturas escolares en la educación secundaria se compone de textos de literatura juvenil escritos en los últimos veinte años o en los últimos veinte meses. Dejaría esta cuestión aquí, para evitar volver a desarrollar las mismas hipótesis que sostuvimos con Claudia López hace veintisiete años, intervención que hoy podríamos evaluar que fue algo inocua pues esta literatura con adjetivo y “de mercado” ha proliferado exponencialmente en los últimos veintisiete años y no quiero asumir aquella función posible del crítico literario que señalaba la crítica literaria argentina Josefina Ludmer, la del crítico literario como juez (Ludmer, 1985). El profesor como juez es un tema que Ludmer no abordó y que lo dejo en agenda para desarrollarlo en un texto futuro.

 

Asumiendo el dictado en los últimos años de un Seminario en el Postítulo en Ciencias del Lenguaje del Instituto Superior del Profesorado “Joaquín V. González” de la ciudad de Buenos Aires, me propuse entrar a esta cuestión de “lo juvenil” desde otra perspectiva. Acaso para librarme o para no autoimponerme como lectura obligatoria el conjunto de la vasta producción del género. Confieso que he leído algo. Me parecía que si a inicios de los 90 escritores, especialistas y profesores habían decidido acerca de los intereses de lectura de los adolescentes (en clave temática), de una experiencia representada “en” la literatura que sería garantía de eficaz recepción en clave de identificación -si ustedes quieren- una visión de mundo posible, era un territorio textual inexplorado el de la producción literaria de adolescentes y jóvenes a la hora de hacer ellos el ejercicio de la toma de la palabra. Es así que para el dictado del seminario “Adolescencia, lectura y escritura” comencé a seleccionar una serie de textos producidos por adolescentes y jóvenes en algún marco institucional, según la lógica de trabajo de algún proyecto en el que hubieran estado involucrados. La decisión implicó no tener en cuenta la prolífica producción que habita redes sociales y dispositivos especialmente diseñados para la escritura individual y también colaborativa. De manera más clásica en términos de cultura escrita, en busca de proyectos de escritura con expectativas de circular en alguna forma de publicación impresa, pude remitirme a antiguas producciones que, en las primeras décadas del siglo XX eran habituales como resultado del trabajo de enseñanza literaria. Herencia de la antigua enseñanza retórica que se remontaba hasta la antigüedad clásica, los ejercicios de estilo, de escribir “a la manera de” ya estaban presentes en las enseñanzas impartidas por Isócrates cinco siglos antes de Cristo. Entrando al siglo XX profesores en la Argentina les proponen a sus alumnos la escritura de textos periodísticos, ensayísticos, literarios como parte de un programa de enseñanza. Este es el caso del profesor Emilio Alonso Criado (Alonso Criado, 1919:268), del Colegio Nacional Avellaneda, del barrio de Palermo, que publica en su libro Del aula los textos que sus alumnos escriben en sus clases de Literatura. Tal el caso del relato “El matón del arrabal” cuyo autor es un estudiante de cuarto año que se llama Nicolás Olivari, el importante poeta admirado por Jorge Luis Borges y de este modo se cumple con lo observado por Gerard Genette cuando en un artículo llamado “Retórica y enseñanza” (Genette, 1992:17-33) -que también incluimos en la recopilación del CEAL de 1992- observa que las llamadas “Obras de juventud” de Flaubert son seis narraciones (cinco cuentos y un retrato de Byron) realizados en cuarto año del Liceo.

Solo a modo de ejemplo, el inicio de El matón del arrabal del joven Olivari:

Era guapo. Gotas ancentrales de Moreira bullían en su sangre criolla de peleador indómito.

En el barrio, los pilluelos lo admiraban silenciosamente, mientras insinuaba en sus mentes infantiles un pensamiento inquietante: “ser como Jacinto”, ilusión “acariciada” que brotaba a flor de labio en un barboteo de injurias, mientras la mano, en gesto de coraje, imaginaba un quimérico puñal.

 

Saliendo del ámbito escolar, en donde habría que indagar hoy qué queda de esa enseñanza activa donde aprender literatura era también escribirla, reconozco proyectos diversos con grupos de adolescentes y jóvenes que escriben y que lo hacen de manera sostenida en el marco de una política pública. Tal el caso de este texto de Silvina, “Ronda de Serafines”:

Ronda de Serafines

hacen mis amigos en el patio de mi casa.

Vienen aleteando sus alas

joqueando alrededor

de mi alma.

Alrededor jaranan

y hacen ruido.

En mi casa de calle Chacabuco

Hacen una ronda

mis amigos;

cantan una danza.

Van y viene

entre los uvales.

Toman una ciruela

y la muerden.

El fantasma de mi abuelo

husmea toda la velada.

Los serafines toman vino y bailan

Y mi abuelo piensa que la marca es mala.

Serafines de mi alma

Ríen

y joqueando alrededor

jaranan.

Ronda de Serafines

hacen mis amigos en el patio de mi casa.

Esta “Ronda de Serafines” (Barzola, 2013:346) fue escrita en el marco del Taller de Lectura y Narrativa Manos a las Letras, destinado a jóvenes de Paraná, que se organiza desde la Casa del Joven, institución dependiente del Consejo Provincial del Niño, el Adolescente y la Familia (Copnaf) y la Dirección de Salud Mental del Ministerio de Salud de Entre Ríos. Desde 2004, cada año el desarrollo anual del taller y una publicación al cierre.

Juan conoce algo de la producción del poeta argentino Oliverio Girondo en el marco de un taller que dictan estudiantes del profesorado en Letras de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, en el Centro de Régimen Cerrado “José de San Martín” del barrio de Flores de la ciudad de Buenos Aires (algo así como una cárcel para adolescentes) y a partir de su lectura de Girondo, Juan escribe su propio poema (Fernández, 2006:63):

Llorar y maldecir,

y llorar al cielo que no está,

a la luna que no sale,

al sol que me trae un rayo podrido por día,

a los que no entienden que maldigo

al yo que soy yo con la luna el cielo y el sol.

Un taller en el barrio de Chacarita (también de la ciudad de Buenos Aires), a partir de un texto de la escritora argentina María Teresa Andruetto, titulado “Trenes” se propone una consigna que consiste en construir una mirada extrañada sobre lo cotidiano. Es así que Micaela escribe:

Por la ventanilla del tren veo

Un campo oscuro

En el campo oscuro veo

Una luz lejana

En la luz lejana veo

Sombras que cruzan

En las sombras que cruzan veo

Fantasmas del pasado

En los fantasmas del pasado veo

Momentos que recuerdo

El texto está publicado en el número III de “Poner el pecho” (Frugoni, 2009:14), un espacio de trabajo generado a partir de una doble política pública dirigida a chicos y chicas que están en situación de calle: “Club de Jóvenes” y “Puentes escolares”, programas de larga trayectoria en el ámbito de la Ciudad de Buenos Aires que han logrado subsistir frente a las políticas poco amigables de los últimos gobiernos.

Para terminar, un texto escrito por Ignacio que asiste al taller “Hablaturas” que se desarrolla en el marco de Casa Flores, una institución del área social del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, en la que jóvenes (en general mayores de dieciocho años) llevan adelante un tratamiento ambulatorio por consumo problemático. El texto que leo fue publicado en el volumen Hablaturas. Experiencias de oralidad, lectura y escritura al límite (Argañaraz (coord.) 2019:22-23), publicado por la Facultad de Filosofía y Letras en el marco de acciones articuladas con el Seminario PST “Oralidad, lectura y escritura como prácticas en contextos”. Escribe Ignacio su “Carta de navegación”.

 

CARTA DE NAVEGACIÓN III

Al lector le anticipo que este recorrido no será fácil ni tampoco cómodo, Casa Flores es uno de los Oasis que hay en este desierto, para los que estamos perdidos y confundidos. Un lugar donde el alma descansa y se encuentra con uno mismo, una parada en el desierto en donde podemos llenar de autoconocimiento, sentimientos y herramientas nuestra cantimplora, para poder seguir este viaje tan crudo y seco.

En todos los talleres y en la escuela nos enseñan a no insolarnos con el calor tan ardiente y sofocante, aprender de qué plantas podremos beber y de cuáles no cuando la sed nos esté matando lentamente, a estar atentos y poder ver que no todos los caminos nos dirigen al próximo Oasis.

No nos enseña a huir o a pretender salir de este tan caluroso lugar, sino a sobrevivir a él, a que una tormenta de arena no nos permita corrernos del camino. Nos muestra qué hacer cuando somos picados por una serpiente, cómo extraer el veneno para no reventar y morir, drenarlo de la mejor manera y si aún nos queda un poco de esta toxina dentro nuestro, con qué plantas podremos aliviar esta sensación, para poder así, seguir en este recorrido de paraíso en paraíso, lo mejor que se pueda, haciendo un inventario diario de los paisajes, colores, animales que fuimos viendo en nuestro viaje, entender que en este desierto de dioses y monstruos ya no somos solo ángeles asustados y con las alas rotas. Ya no más.

De literatura juvenil a literatura escrita por jóvenes, se trata de habilitar, dentro de las consideraciones pedagógicas y de la investigación, un inmenso corpus de textos escritos por jóvenes que merecen un abordaje textual, literario y cultural para comprender unos modos de producir y de leer sobre los que hemos indagado poco.

Referencias bibliográficas

Alonso Criado, E. (1919) Del aula. Aporte a la enseñanza de la literatura. Buenos Aires. UNIPE Editorial Universitaria. 2018

Argañaraz, U. (2019) Hablaturas. Experiencias de oralidad, lectura y escritura al límite. Buenos Aires. Editorial de la Facultad de Filosofía y Letras. Universidad de Buenos Aires.

Barzola, P. (2013) “Lecturas y escrituras entre jóvenes, experiencias de subjetivación”. Tesis de doctorado en Ciencias Sociales defendida en la Universidad Nacional de Entre Ríos. (mimeo)

Bombini, G y López, C. (1992) “La literatura 'juvenil' o el malentendido adolescente”. Buenos Aires. Revista “Versiones” Año 1, Nro. 1. Programa “La UBA y los profesores secundarios”. Universidad de Buenos Aires.

Ceserani (1986) “Cómo enseñar literatura” en Bombini, G. (comp.) (1992) Literatura y educación. Buenos Aires. Centro Editor de América Latina.

Escarpit, R. (1969) “La imagen histórica de la literatura en los jóvenes. Problemas de selección y clasificación” en Barthes y otros (1969) Literatura y sociedad. Problemas de metodología en sociología de la literatura. Barcelona. Roca Pons.

Fernández, M. (2006) Dónde está el niño que yo fui. Adolescencia, literatura e inclusión social. Buenos Aires. Biblos.

Frugoni, S. (coord.) (2009) Poner el pecho 3. Buenos Aires. Ministerio de Educación. Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

Genette, G. (1969) “Retórica y enseñanza” en Bombini, G. (comp.) (1992) Literatura y educación. Buenos Aires. Centro Editor de América Latina.

Ludmer, J. (1985) Cien años de soledad. Una interpretación. Buenos Aires. Centro Editor de América Latina.

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