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Un paisaje hecho en la historia
El tiempo de la geología no es el mismo que el de un ser
vivo: el primero se mide en millones de años, y el segun-
do, en años, en días, o en horas. Desde la corta vida de la
mosca que se llama “efemeróptera” por su fugaz exis-
tencia, a los años de un hombre o a los siglos de algunos
árboles venerables. Hasta tal punto hemos interiorizado
estos diferentes sentidos del tiempo, que las montañas
nos parecen testigos inmutables frente a un mundo pasa-
jero, y decimos “firme como una roca” para transmitir la
idea de intemporalidad y de fijeza sin vaivenes.
Pero no siempre es así, y en ocasiones la realidad
traiciona esta percepción de los tiempos, como bien lo
saben quienes viven cerca de un arroyo, de una ram-
bla, de un río, o del mar, es decir, en lugares donde el
agua es un componente fundamental del entorno y
factor de rápidas transformaciones, haciendo que los
paisajes cambien a veces a un ritmo comparable al de
sus habitantes.
La Bahía de Cádiz es un ejemplo sobresaliente de estos
paisajes acuáticos y cambiantes a escala humana, pues
en los últimos tres mil años, el periodo histórico desde
que se consolidó su colonización, sus pobladores han
asistido a una paulatina, pero profunda, mutación del
solar que pisaban, unas veces adaptándose pasivamen-
te, y otras interviniendo de manera activa para conse-
guir un determinado fin.
Como se verá a continuación, la evolución del territo-
rio de la Bahía de Cádiz puede resumirse, fundamental-
mente, en dos procesos de signo opuesto, en las zonas
internas de la Bahía, la progresiva retirada del océano y
el avance de la tierra firme, quedando la línea de costa
a varios kilómetros de donde hallaba al cabo de tres
mil años, y, además, con un trazado más uniforme y
entrantes más reducidos y la erosión del frente litoral
abierto a la acción de las olas y los temporales con el
resultado del retroceso de la línea de costa y el desman-
telamiento de las plataformas arrecifales. Estos proce-
sos que si en sus términos generales puede parecernos
pausado y lento, son consecuencia, sin embargo, de la
suma de episodios de ritmo y carácter muy diferentes,
desde el arrastre impetuoso de arenas impulsadas por
los ríos, al depósito continuado de sedimentos de ma-
teriales más finos, como limos y arcillas, relacionados
con la dinámica marina y la actividad biológica de esta
franja de contacto entre los mundos terrestre y acuáti-
co de una parte y de grandes procesos erosivos debidos
a vendabales, tsunamis y el oleaje.
En la actualidad, el dinamismo territorial de la Bahía
de Cádiz sigue, pos supuesto, abierto, sujeto a nuevos
factores como el calentamiento global y el posible
aumento del nivel del mar que, quizás, inviertan las
tendencias anteriores, introduciendo no pocos interro-
gantes sobre su evolución en el futuro.
(
Detalle de la lámina de la ciudad
de Cádiz en 1812.
U n pa i s a j e h e cho e n l a h i s t o r i a [
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