La ciudad perdida. El secreto

Mercedes Formica

Prólogo de Luis Antonio de Villena. Edición de Miguel Soler Gallo.

En este volumen se reúnen dos obras de la escritora y abogada Mercedes Formica (Cádiz, 1913-Málaga, 2002), la novela La ciudad perdida y la novela corta El secreto, publicadas en 1951 y 1953, respectivamente. La autora muestra un valiente compromiso en sus argumentos hacia quienes se encuentran en una situación de incomprensión y de exclusión de todo orden, con pocas posibilidades de sobrevivir frente a un marco ambiental en el que predominan la opresión y la ausencia de comunicación. Los protagonistas de las narraciones, seres asfixiados por unas circunstancias adversas, se hallan sumergidos en una especie de laberinto joyciano de difícil salida. Formica utiliza la escritura para revelar experiencias traumáticas y ofrecerles la memoria necesaria para que sus testimonios sean conocidos y sus silencios escuchados. La guerra civil española, que truncó las vidas de quienes sintieron la derrota, como le sucede a Rafa, un excombatiente republicano en La ciudad perdida, o la mentira y la venganza en El secreto que llevan a Adalberto a ser condenado por un crimen que no cometió tras un penoso proceso judicial, son los puntos de partida para desarrollar estos itinerarios al margen de lo establecido. Representan dos creaciones singulares y muy desconocidas del panorama narrativo español de los años cincuenta del sigl

Renacimiento
Narrativa
Adulto

Mercedes Formica

Nacida dentro de una familia acomodada y siendo la segunda de seis hermanos, sus años de infancia transcurrieron entre Cádiz, Córdoba y Sevilla. Su madre, condicionada por su experiencia matrimonial y a pesar de las reticencias de la época por dar estudios superiores a las mujeres, quiso que estudiara el bachillerato para posteriormente ir a la Universidad.

En 1932 ingresó en la Facultad de Derecho de Sevilla, siendo la única mujer que estudiaba dicha carrera.

Allí entró en contacto con profesores formados en la Institución Libre de Enseñanza y con gente de distintas ideologías y status social que la ayudaron a abrir su horizonte vital.

En 1933 se produjo la separación de sus padres, y su posterior traslado a Madrid, en donde la familia atravesó dificultades económicas, si bien las becas concedidas por obtener buenas calificaciones ayudaron a Mercedes a continuar con sus estudios. Recién fundada Falange Española, decidió afiliarse y al poco tiempo fue nombrada delegada del Sindicato Español Universitario (SEU) de la Facultad de Derecho. En 1936 se trasladó a vivir a Málaga por razones de salud y allí fue nombrada delegada nacional del SEU y, por tanto, miembro de la Junta política del partido. El estallido de la Guerra Civil complicó su permanencia en zona republicana, por lo que en 1937 marchó a Sevilla por Tánger. Fue entonces cuando percibió la brutalidad del conflicto en ambos bandos y, tras la muerte de José Antonio, comenzó a ver la necesidad de disolver el partido en previsión de una utilización del mismo.

Finalizada la Guerra Civil, contrajo matrimonio con Eduardo Llosent y Marañón, perteneciente al círculo intelectual de la Sevilla de la década de 1930. En 1945 inició su carrera de escritora con la publicación de una novela corta, Bodoque, y por esas fechas finalizó la carrera de Derecho. El requisito de “ser varón”, impuesto por la legislación franquista para acceder a determinadas oposiciones, truncó sus aspiraciones a ingresar en la carrera diplomática, por lo que decidió ejercer libremente su profesión. Esta situación, unida a la indefensión legal de su madre tras la separación matrimonial, concienció a Mercedes de la necesidad de reformar la situación legal referida a las mujeres. A principios de la década de 1950 comenzó a alternar el periodismo con el ejercicio de la abogacía. Colaboró con el Instituto de Estudios Políticos, dirigió la revista Medina, trabajó en Feria, y en la revista literaria La novela del sábado. En 1952 comenzó su colaboración en el diario ABC, y el 7 de noviembre de 1953 publicó el artículo titulado “El domicilio conyugal”, en el que denunciaba la discriminación por razón de sexo existente en la legislación española. El artículo desató un estado de opinión sobre el tema y una campaña a favor de una revisión jurídica con una notable proyección internacional que se concretó en una reforma del Código Civil, a través de la Ley de 24 de abril de 1958, en la que se daba un importante paso hacia la equiparación de los sexos y abría el camino a futuras reformas en el franquismo.

En el año 1962, tras separase de su primer esposo y conseguir la nulidad, contrajo matrimonio con José María Careaga Urquijo y a partir de ese momento, y por deseo de su marido, su presencia en el ámbito jurídico fue escasa. Fruto de su interés por conocer la situación social y jurídica de las mujeres españolas a lo largo de la historia, comenzó una importante labor de investigación histórica. Sus estudios dieron como resultado dos biografías: La hija de Don Juan de Austria, por la que recibirá en 1975 el Premio Fastenrath de la Real Academia de la Historia, y María de Mendoza. A finales de la década de 1960 inició un interesante consultorio jurídico desde las páginas del diario ABC titulado ABC de la Mujer”, contribuyendo a la difusión del Derecho y apoyando una reforma de la entonces vigente ley de adopción. Tras el fallecimiento de su esposo en la década de 1980, se sumergió por completo en la redacción de sus memorias, de las que se han publicado cuatro volúmenes: La infancia, Visto y vivido, Escucho el silencio y Espejos rotos y espejuelos.

Su trayectoria literaria recoge otros títulos, como Monte de Sancha, La mano de la niña, Collar de ámbar o A instancia de parte con la que fue galardonada con el Premio Cid de la Cadena SER.

En el año 1997 la Residencia de Estudiantes realizó un homenaje a la jurista. Se trata del único acto público en la democracia en el que se ha rendido tributo a la labor silenciada de la abogada. Sus últimos años de vida transcurrieron en la ciudad de Málaga luchando con una enfermedad que le impedía seguir trabajando, como era su deseo, en los numerosos proyectos que su sorprendente y envidiable vitalidad octogenaria había concebido.