La tumba del arco iris

Alejandro López Andrada

El espíritu poético de Alejandro López Andrada tiene el poder de atravesar la realidad. No todos los poetas lo consiguen, ni mucho menos. Atravesar la realidad con un poema implica minarla hasta extraer de su corazón la esencia de la vida, del alma, y palpar lo inasible. El poeta López Andrada procede de las dinastías de San Juan de la Cruz, de Claudio Rodríguez, de Antonio Colinas, por poner tres ejemplos esclarecedores, y se extiende en la actualidad a poetas de su tierra, Extremadura, como Basilio Sánchez, o de Castilla, como Fermín Herrero. Estirpe de poetas -hay algunos más, por supuesto- que tienden su corazón, como escribe López Andrada, en medio de la luz, a los pies serenos de la vida, y que jamás olvidan que la naturaleza es parte de nuestro espíritu.

Este primer poema de La tumba del arco iris, que comienza, repito, así: “A los pies serenos de la vida, / en medio de la luz, / tiendo mi alma”, es toda una declaración de principios creadores: el poeta asiste a ese exilio interior que necesita para que obre desde la nada el misterio de la creación, el nacimiento de la palabra iluminadora, y así poder alcanzar el mundo propicio y generador: el de su infancia en medio de una naturaleza sagrada, primigenia. Lo que hace es despertar el recuerdo de la formación de su sensibilidad, la casa de la palabra y del espíritu que es la infancia o patria del corazón. Y su infancia en un entorno rural se alza en las promesas de la tierra: la casa en la que vivió con sus estancias -la bodega, el patio…-, ya envueltas por la luz cenital de los fantasmas añorados, por sus penumbras, por el eco de lo que en la memoria es eternidad: “La eternidad / se filtra por las ramas / de la higuera / y enhebra un sol de olíbano en mi sangre”, “La inocencia / de este patio / donde aún resiste el gris de aquellas tardes”. O esos otros motivos de su formación poética: los pájaros, las plantas, la presencia absoluta de su padre en el recuerdo.
 

Trifaldi
Poesía
Adulto

Alejandro López Andrada

(Villanueva del Duque -Córdoba-, 1957) estudió Ciencias de la Educación y desde muy joven se dedicó a la creación literaria. Comenzó escribiendo poesía y, hasta el momento, ha dado a la luz poemarios como: El Valle de los Tristes (1985), Códice de la melancolía (1989), La tumba del arco iris (1994), El rumor de los chopos (1996), Los pájaros del frío (2000), Las voces derrotadas (2010) y Los ángulos del cielo (2014); habiendo recibido premios como Nacional San Juan de la Cruz, Rafael Alberti, José Hierro, Ciudad de Córdoba, Ciudad de Salamanca o el Andalucía de la Crítica. Su antología poética, La nieve en los espinos, apareció hace unos años en Algaida Editores, donde también publicó El humo de las viñas (1999), Los árboles dormidos (2002) y El vuelo de la bruma (2005). Su poemario, La tierra en sombra (2007) obtuvo el V Premio Fray Luis de León y fue publicado en la Editorial Visor. Ha dado también a la luz, por otro lado, dos títulos de poesía infantil y diez novelas, una de ellas,  El libro de las Aguas (2007), fue adaptada al cine por Antonio Giménez-Rico y con la más reciente, Los perros de la eternidad (2016) obtuvo el “XXXII Premio Jaén de Novela”. También ha publicado cuatro volúmenes de artículos periodísticos, y, además, tiene tres ensayos narrativos sobre la desaparición del mundo rural, El viento derruido (2004),  Los años de la niebla (2005), y El óxido del cielo (2009). El primer libro de esta genuina trilogía, El viento derruido (2017) ha sido reeditado por la editorial Almuzara, obteniendo una excelente acogida crítica y de público. Por otro lado, publicó un libro de prosas poéticas Entre zarzas y asfalto (2016) en la Editorial Berenice. Su libro más reciente es el volumen poético titulado El horizonte hundido (2017), una selección de sus treinta años de poesía llevada a cabo por Antonio Colinas, que ha visto la luz en Hiperión.