Page 111 - Cadiz1812

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como don Carlos Vargas Machuca (1810-1812) o don
José Prieto de la Quintana (1819). Por el lado francés
sus posiciones fueron voladas al amanecer del 25 de
agosto de 1812, y las piezas de artillería que no pudie-
ron llevarse fueron clavadas o arrojadas al mar.
Además de estas fortificaciones de campaña, se cons-
truyeron de nueva planta, o reformaron y artillaron,
fortificaciones permanentes como las baterías y reduc-
tos del sector del puente de Zuazo, el viejo fuerte de
San Lorenzo o de Puntales, o el malogrado fuerte de la
Cortadura de San Fernando. Estas obras solían dispo-
ner de abundante artillería, como algunas de campaña,
tal que el Reducto Inglés Nº22, que defendía las ense-
nadas de Osio y Santibáñez con 39 bocas, más que las
29 del fuerte de la isla de Sancti Petri. Desde Puntales,
su valeroso castellano don José Macías cruzó reiterado
y devastador fuego con Matagorda, a 1.100 metros a
través de la bocana de la Bahía, y con Fort San Luis.
Respecto a la Cortadura de San Fernando fue iniciada su
construcción, sobre obras menores precedentes, en julio
de 1808, por el capitán general don Tomás de Morla,
sucesor del asesinado marqués de la Solana, aunque
la famosa participación popular masiva no se produjo
hasta marzo de 1810, cuando el miedo próximo avivó la
diligencia. Curiosamente, para obstruir el paso enemigo
por el playazo de poniente con bajamar, se arrancaron
de las casas de Cádiz las rejas de 803 ventanas, 268 balco-
nes y 111 pasamanos de escalera, que fueron profunda-
mente hincados en la arena. Doscientos años después,
en ocasiones, con mareas escoradas muy vivas, afloran
muñones corroidos, últimos vestigios de esa extraña e
ingeniosa barrera a modo de caballo de frisia inamovible.
A intramuros de Cádiz existían, además de las murallas
abalaurtadas de Tierra y Mar, un amplio repertorio de
fuertes, baluartes y otras obras menores como baterías
y cuerpos de guardia, en general construidos en los
siglos XVII y XVIII, aunque plenamente operativos en
los años de la invasión bonapartista. No obstante, las
guarniciones de Santa Catalina, San Sebastián, La Can-
delaria, Los Mártires, La Alameda, o Capuchinos, en su
tensa e inacabable espera de años, debieron desarrollar
un cierto síndrome del Desierto de los Tártaros.
En los dos años y medio de presencia francesa en la costa
circundante –con notables excepciones como Tarifa o
Gibraltar–, las únicas incursiones en el Cádiz intramuros
fueron, y ello sólo a partir de la tarde-noche del 12 de
marzo de 1811, las de los proyectiles de los cañones-obu-
ses asentados en La Cabezuela, a unos cinco kilómetros
bahía por medio, genial creación del coronel de Villan-
troys (1752-1819), fundidos en bronce en la de Sevilla,
entre el 19 de diciembre de 1810 y el 1 de marzo de 1811,
con ese alcance inconcebible para la época. Problemas
con los estopines y el peso del proyectil disminuyeron su
eficacia, por fortuna para los tirabuzones de las gadi-
tanas. A pesar de ello, 472 granadas impactaron en el
caserío gaditano, si bien en su mayor parte con carga
inerte, perdiéndose en la Bahía aproximadamente el 75%
de los disparos, que resultaban cortos. El único ejem-
plar que se conserva de estas piezas excepcionales en la
historia de la artillería se encuentra, encabalgado en una
cureña deliciosamente demencial, frente al Almirantaz-
go, en Londres, con su hermoso tubo de doce pulgadas
de calibre fundido en Sevilla, con el número 7390, el 1 de
marzo de 1811. Es una de las 287 piezas de sitio encon-
tradas, debidamente enclavadas, en las semidestruidas
líneas francesas, frente a las islas de León y de Cádiz, el
intenso día 25 de agosto de 1812, el de la no estorbada
retirada de las fuerzas francesas frente a Cádiz.
Cañón-obús del coronel Villantroys utilizado en
el Sitio de Cádiz y conservado ante la sede del
Almirantazgo en Londres.
Foto B. Trimegistus.
Las defensas de Cádiz
en 1810-1812
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C Á D I Z D E L A CON S T I T U C I ÓN . 1 8 1 2 [
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