David González Lobo


(Barinitas, Estado Barinas, Venezuela, 1965). Licenciado en Letras por la Universidad de los Andes, Mérida. Cursó estudios de doctorado en la Facultad de Filología de la Universidad de Sevilla, ciudad donde reside desde 1991. Es autor de los poemarios: No hay casa fuerte (Premio Solar de Poesía), Mérida, Ediciones Solar, 1991; Casa de fuego (selección) en AA. VV.: El Sobre Hilado, Sevilla, Padilla Libros, 2003; Casa de fuego, Mérida, Mucuglifo/CONAC, 2005; Fragmentos de vigilia, Barinas, Asociación de Escritores del Estado Barinas, 2005; Dulcamara y otros poemas (poesía reunida 1984-2011), Caracas, coedición de Ediciones Mucuglifo y Fundación Editorial El Perro y la Rana, 2012, y Dulcamara, Sevilla, Ediciones en Huida, 2013.
Poemas suyos figuran en Andina, Antología de joven poesía de Mérida, Táchira y Trujillo, edición y notas de Julio Miranda, Caracas, Fundarte, 1988.
Ha participado asimismo en distintos eventos relacionados con la difusión y el estudio de la poesía, entre los que destaca el Ciclo «Intersecciones», organizado en marzo de 2009 por la Universidad de Salamanca. Entre 2009 y 2010, realizó para la radio una serie de entrevistas a destacados escritores y poetas, con lecturas de fragmentos de sus obras.
Ha colaborado en diversas publicaciones, como los diarios El Nacional y El Universal y las revistas Solar (Mérida), Revista Nacional de Cultura de Venezuela, Pequeña Venecia y El Fantasma de la Glorieta.
Codirige, con Agustín María García López, Tinta China, Revista de Literatura, publicación recomendada por la UNESCO.


Obras:

Dulcamara y otros poemas nos deja ver un camino desde la juventud a la madurez, con una estación en la infancia. El nombre del libro está tomado de un arbusto con una bella flor azul, cuyos frutos amargos y dulces son venenosos para las personas si se ingieren sin ser tratados. La gran metáfora del libro dice que una voz clara, tratada con mimo y seguridad, debería acompañar a la vida y recoger y exponer lo que también nos conforma: la fragilidad, la levedad, el movimiento, el amor, el desamor, el fracaso, la muerte. Lo dulce y lo amargo. En las tres partes que conforman el poemario podemos ver representada esa imagen del camino; en “Éxodo” nos encontramos con el conductor de rebaños del que hablaba Fernando Pessoa, visto a través del marco del libro homónimo de la Biblia; al final de su periplo personal, cuando encuentra su tierra prometida, decide quedarse fuera; en “Poemas mediterráneos”, las dudas existenciales de ese mismo sujeto poético, partiendo de la naturaleza como espejo simbólico que acompaña y representa al pensamiento y a los sentimientos, potencian la duda sobre cualquier intento de determinismo. Y en “La flor del café”, la imagen grata de la infancia como punto de inflexión, el comienzo mágico del ciclo vital, nos alienta por su inocente memoria que no desgarra a la voz y, aunque asume su levedad temporal, es una marca que tamiza cualquier sentimiento.

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