En el 50 aniversario del fallecimiento de La Niña de los Peines y Pepe Pinto

En el 50 aniversario del fallecimiento de La Niña de los Peines y Pepe Pinto

Recordamos la importancia de la cantaora, fallecida el 26 de noviembre de 1969, y del cantaor, que murió el 6 de octubre del mismo año

18/10/2019

Texto: Aida R. Agraso

En mayo de 1999, hace 20 años, la Junta de Andalucía declaró Bien de Interés Cultural los registros sonoros de Pastora Pavón ‘La Niña de los Peines’. Esta cantaora única nació en 1890 y falleció en 1969, el mismo año en el que fallecería su marido, Pepe Pinto. Se cumplen 50 años por tanto de la desaparición física de ambos, motivo por el cual les rendimos homenaje y recordamos su importancia en el mundo jondo.

Comenzamos por la artista. Porque en Pastora María Pavón Cruz, ‘La Niña de los Peines’, "se acaban casi todas las discusiones: flamencólogos, artistas, aficionados, críticos y amantes del flamenco en general opinan que es la más grande cantaora conocida hasta la fecha. Su obra, extensa y rica como ninguna otra, logra hacer irrefutable la opinión general de los buenos degustadores del cante”, afirma Manuel Bohórquez. Para Cristina Cruces, estamos hablando de "la cantaora más redonda de todos los tiempos por completa, genial, y por ser heredera y a la vez guía y norte del flamenco contemporáneo".

Hablamos, no lo olvidemos, de una artista que sobresalió en un tiempo en el que la mujer, en el arte flamenco, era mayoritariamente conducida hacia el baile. Un tiempo en el que pocas, muy pocas mujeres eran citadas en el cante. En este contexto sociocultural se desenvolvió esta cantaora, "como otras grandes figuras -apunta en su libro Cristina Cruces-, bisagra de transición entre los siglos XIX y XX, entre las escuelas jerezana, sevillana y gaditana y el flamenco contemporáneo, y entre los intérpretes de una y otra contextura sonora", amén de "invadora de estilos y, más aún, normalizadora de otros", que "supo adelantarse a los acomodos mercantiles y estéticos con repertorios cambiantes siempre a la moda, sin abandonar en ningún momento sus apuestas fijas por soleares, seguiriyas, bulerías, peteneras, tangos de la época, tarantas y cartageneras". 

Según su partida de nacimiento y la inscripción parroquial, aportadas por Manuel Bohórquez y Cristina Cruces en sus libros y en la declaración de BIC, la singular artista -que Cruces define como "una mujer 'de carácter', fría pero cordial, que combinó un sentido de la independencia impactante para el momento (tanto en su trayectoria profesional como en otras decisiones vitales) con la aceptación del estatus que el 'deber ser' le imponía pero que, destaquemos, por ser artista "rompía con el modelo femenino convencional"- nació el 10 de febrero de 1890 en la calle Butrón de Sevilla. Tuvo dos hermanos: Arturo, el mayor, y Tomás, menor que ella. Su padre era Francisco Pavón Cruz, de El Viso del Alcor, y Pastora Cruz Vargas, nacida en Arahal. Son los antecedentes de una cantaora llamada a conseguir como artista, según Cruces, "lo que pocos habían logrado hasta entonces: acercar el flamenco a los grandes públicos. Y, además, desde el principio y 'por tó los palos'".

Debutó “por casualidad o, mejor dicho, por delegación”, según recoge el libro de Bohórquez, en una caseta de la Feria de Sevilla, sustituyendo a su hermano Arturo. Actuaría, según la misma fuente, en la Taberna de Ceferino, en la Puerta Osario. Pero su debut formal como cantaora fue “por el año primero de este siglo (el XX), en Madrid -viajaría con su madre-, en el Café del Brillante”, dijo ella misma a Guasp, aunque otras fuentes, explica Cruces, lo sitúa en 1903, y Manuel Bohórquez, recordando una cita de José Rosendo, alude a una posible actuación de la cantaora en Málaga, en 1902. 

Sea como fuere, la de Madrid sería importante para ella, si como rememora la tenía como su primera actuación. En el Brillante actuaban Arturo Pavón, Ángel de Baeza, Manuel Torre y Don Antonio Chacón. Consideraba a Torre y Chacón fundamentales en el cante, junto a su hermano Tomás, apunta Cristina Cruces, que añade que admiraba también a su pareja, Pepe Pinto, a Vallejo o a Pepe Marchena. Le gustaba también Enrique el Mellizo, indica Cruces, citando a Manolo Sanlúcar. Y menciona como "nombres importantes" para la cantaora a La Trini, "gran malagueñera, con la que residió durante un periodo en Málaga; La Serneta, amiga de su madre y de quien parece que aprendió el cante por soleá, con la que conviviera también durante un tiempo y a la que visitaba con cierta frecuencia, y La Moreno, muy relacionada y amiga de la casa". Innumerables, indica a continuación, sería la nómina de artistas de los que recibió influencias y que alimentaron su inspiración, contribuyendo a fomentar  su original manera de interpretar.

Volviendo a su biografía, posteriormente madre e hija irían a Bilbao con la intención de que la cantaora actuara en varios establecimientos, aunque encontró dificultades al no tener la edad pertinente. Luego posó para el pintor Ignacio Zuloaga  -también la retrataría Julio Romero de Torres- y en 1903 fue contratada varios años para actuar en la famosa taberna ‘La Primera de Jerez’. Su fama crecía por momentos, actuando en numerosas ciudades, y en 1910 comenzó a grabar sus primeros discos. A principios de esta década ya era anunciada en los periódicos como “La Reina del cante andaluz”, refleja Manuel Bohórquez en su libro. Recoge Cristina Cruces unas palabras de Blas Vega: "En su dilatada cerrera actuó en casi todos los cines, teatros, salas de fiestas y plazas de toros de España".

No solo cantaba. “Fue siempre una gran bailaora, y solía alternar el baile y el cante en los escenarios”, relata en el libro ‘La Niña de los Peines en la casa de los Pavón’. En este volumen se destacan sus primeras bulerías gitanas, que bailó por primera vez en 1917, en el Salón-Circo Victoria de Sevilla. Afirma Cruces que también colaboraba con jaleos y palmas en grabaciones ajenas. 

En 1918 conoce a Pepe Pinto, con el que se casó en 1933. En 1922 actúa como artista invitada en el celebérrimo Concurso de Cante Jondo de Granada, alentado por intelectuales como Manuel de Falla o Federico García Lorca, de quien era amiga y que la admiraba profundamente. "Equivalente en capacidad de fantasía a Goya y a Rafael el Gallo (...) jugaba con su voz de sombra, con su voz de estaño fundido, con su voz cubierta de musgo”, afirmó el poeta de la cantaora. Ella grabaría, apunta Cristina Cruces, tres letras por bulerías que tituló "lorqueñas" en homenaje al poeta de Granada con el acompañamiento de Melchor de Marchena. 

Viajó por toda España compartiendo escenario con los artistas flamencos más famosos del momento. Entre sus muchos hitos artísticos, destacan su trabajo en el espectáculo de Manolo Caracol Luces de España, en Las calles de Cádiz que reestrenó Concha Piquer. 

Tras un tiempo de ausencia, Pastora Pavón reaparece en 1946, en una fiesta organizada por Juanita Reina. Y volvería a los escenarios en 1949, con el espectáculo España y su cantaora, en el que se anunciaba junto a Pepe Pinto. Fue también su adiós definitivo, y  en 1950 realiza sus últimas grabaciones.

Luego vinieron años difíciles: la muerte de su hermano en 1952, la de Arturo siete años después. Pero también los reconocimientos: en 1961 recibió un homenaje nacional en Córdoba, en el que participaron artistas como Antonio Mairena o Juan Talega, además de numerosos intelectuales; en 1964 presidió la primera Semana Universitaria de Flamenco, organizada en Sevilla; en 1968 se inaugura su busto en bronce en la Alameda de Hércules, obra de José Illanes. 
En 6 de octubre de 1969 murió Pepe Pinto. El 26 de noviembre falleció la cantaora, considerada la más completa y destacada de toda una época. 

Según el libreto confeccionado y firmado por Manuel Cerrejón en la edición conmemorativa del centenario de Pepe Pinto, el cantaor, José Torres Garzón de nombre real, nació en Sevilla en 1903, debutando con 14 años en el Novedades de Sevilla y actuando posteriormente en El Plus Ultra, El Aeroplano o La Sacristía, entre otros establecimientos. 

Reproduce el libreto un artículo del diario Pueblo en el que se indica que era hijo y nieto de pegujaleros -pegujalero, según la RAE, es "labrador que tiene poca siembra o labor"- y que "trabajó en las labores de la tierra hasta cumplir los 10 años". Su madre era conocida como La Pinta, y de ahí su apodo artístico. Dice pepe Pinto, según este periódico que le entrevista, que "me harté de la huerta en 1913 o 1914", trabajando de "dependiente de bebidas en La Plata". Tendría 10 u 11 años cuando debutó, dijo él mismo, en el Café Cantante Novedades, junto a La Malena, La Macarrona, Fosforito, Vallejo y Carbonerillo. Luego se hizo crupier hasta 1923 y montó una venta en Morón de la Frontera hasta 1925. Fue al servicio militar, murieron sus padres y se marchó a Madrid. "Actué -afirmó Pinto al periódico y reproduce Cerrejón- en muchas fiestas y allí estuve hasta que me cansé nuevamente, regresando a finales del 28 a Morón". Se quedó allí hasta 1929, "que fue en verdad cuando surgió el nombre de Pepe Pinto". 

En 1929 comenzó a grabar discos junto a El Carbonerillo y El Sevillanito, "actuando más tarde y durante algunos años en el espectáculo de La Niña de los Peines". En 1952 era la figura principal del espectáculo La copla puso bandera. A decir de Cerrejón, "de amplio repertorio se peleó contra los cantes básicos, teniendo un fandango personal, y ejecutando muy bien el cante por malagueña. A Pepe Pinto se le puede situar entre los mejores de los últimos tiempos". Indica además Cerrejón que "en el caso de Pepe Pinto tenemos que afirmar que fue creador de muchos estilos de fandangos atribuidos al Cabonerillo".

Los registros sonoros de La Niña de los Peines, Bien de Interés Cultural 

Al protegerse los registros sonoros de La Niña de los Peines con la declaración de Bien de Interés Cultural se realizó una edición de su obra que incluía un texto firmado por Calixto Sánchez, entonces director del Centro Andaluz de Flamenco. En él, el cantaor afirmaba que “desde El Planeta, El Fillo, El Viejo de la Isla, Manuel Torre, Chacón y otros, el péndulo fue siempre a más, hasta llegar a su cenit, a lo más alto, con Pastora y Manuel Vallejo. Pastora recoge toda la herencia de los cantaores anteriores y añade sus propias aportaciones pero, para poder realizar esta difícil tarea, es necesario tener unas condiciones vocales extraordinarias. No se trata de “repetir” lo que los demás han cantado, como si de una máquina se tratase. No. Se trata de conocer las músicas como son, de hacerlas con todas sus dificultades y además darle a cada cante su “personalidad”, su “aroma””.

Para poder hacer esto, explica Calixto Sánchez, “es necesario tener una condiciones técnicas fuera de serie, qué duda cabe”. “La Niña de los Peines –continúa- tenía una gran técnica respiratoria que le hacía alargar los tercios de una manera extraordinaria”. “En conjunto, la voz de Pastora se puede definir como una voz natural, sin impostación, femenina, sin apoyaturas falsas de nariz o de cuello y sin estridencia”.  “La voz de Pastora es como un rosario de burbujas que fluye de forma natural en rizados perfectos, redondos”.

En sus años de retiro, Pastora "ejerció su cátedra -apunta Cristina Cruces-, sin formalizarla, en espacios íntimos. En particular, los del bar que regentara Pepe, donde enseñó a las generaciones más jóvenes sin atisbo alguno de oscurantismo. No es exagerado afirmar que una más de los méritos de la cantaora es su influencia en nombres posteriores, el hecho de ser punto de referencia obligado para el aprendizaje de los nuevos intérpretes". Su legado sigue vivo en muchas de las voces flamencas de la actualidad, que no dudan en citarla como una de sus grandes influencias.

Su arte ha sido aclamado por artistas, aficionados, intelectuales… El ‘Diccionario Enciclopédico Ilustrado del Flamenco’ de José Blas Vega y Manuel Ríos Ruiz recoge las siguientes palabras de Ricardo Molina: “Pastora es la encarnación misma del cante flamenco, como Bach lo fue de la música. Genios de la talla de esta gitana aparecen en la historia muy de tarde en tarde. Pastora es una figura pontificial que une a través de su personalidad el pasado ilustre con el presente renacimiento. Pastora es, como Azorín, supervivencia preciosa de una generación de titanes. Pastora es puente vivo y sonoro por el que llegan a nosotros las grandes sombras de El Nitri, de La Serneta, del Loco Mateo, de Enrique El Mellizo. Por eso puede tener en la historia del cante futuro significación auroral de punto de partida para nuevas generaciones de auténticos cantaores”.

“Yo canto, amigos míos, como el hombre que respira, escribió Lamartine –continúa Ricardo Molina-. Pastora Pavón podría decir lo mismo de tal manera que cantar es su destino y su vocación (…). Esta mujer extraordinaria es como un mar sin fondo y sin orillas. Ella sola es toda la historia flamenca. Ella abarca todo el misterioso legado de nuestros cantes. Ignoramos lo que habían sido en su tiempo La Andonda, La Serrana, María Borrico, Merced La Serneta y tantas otras cantaoras famosas, pero parece imposible que ninguna superase a Pastora Pavón en vastedad de repertorio, frescura de voz, rajo gitano y vitalidad contagiosa”.

Bibliografía:
Blas Vega, José, y Ríos Ruiz, Manuel: 'Diccionario Enciclopédico Ilustrado del Flamenco'. Cinterco, Madrid, 1988
Bohórquez Casado, Manuel: 'La Niña de los Peines en la Casa de los Pavón. Vida y obra de la Reina del Cante Flamenco'. Signatura Ediciones, 2000
Cerrejón, Manuel. Libreto del trabajo discográfico Pepe Pinto. Cien años de memoria flamenca. Pasarela, Sevilla, 2003.Cruces Roldán, Cristina: 'La Niña de los Peines. El mundo flamenco de Pastora Pavón'. Editorial Almuzara, 2009.
 

  1. contenido anexo