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Intervención del presidente de la Junta de Andalucía en la entrega de los VII Premios de Codapa

25/10/2009
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La educación nace de una mirada despierta y admirada que busca complicidad en otros ojos. Quien es capaz de dejarse sorprender está en condiciones de aprender.

El acto que hoy nos reúne es ya en sí educativo. Pretende llamar la atención de la sociedad sobre personas y colectivos que por sus cualidades extraordinarias o por su colaboración sobresaliente en materia de educación merecen un reconocimiento. Son referentes sociales de los que se puede aprender algo bueno, algo que vale la pena.

Mi admiración, pues, a los premiados por el talento de encontrar fórmulas y soluciones para hacer de la educación la mejor herramienta para el futuro de los jóvenes andaluces.

Felicidades a todos.

Coincide esta entrega de premios con la celebración del Día de las Naciones Unidas. Es una buena ocasión para reafirmarnos en los derechos fundamentales del ser humano, en la dignidad y el valor de la persona, en la igualdad de derechos tal y como consta en la Carta fundacional.

Sin ellos, no hay dignidad. No puede haber sociedad. No hay progreso. No hay futuro. Sin ellos, no hay educación.

Todos los que estamos comprometidos con la educación coincidimos con los objetivos de la ONU: promover el progreso social, elevar el nivel de vida de todos los hombres de la Tierra y crear las condiciones para mantener la justicia.

No deja de ser una contradicción que mientras buena parte del mundo se preocupa por alcanzar la plena escolarización y suprimir las disparidades entre los sexos en la enseñanza, en Occidente, con unos índices más que aceptables de calidad, hayamos construido un discurso pesimista en torno a la educación.

En un ensayo reciente, Victoria Camps ha señalado que el problema fundamental de la educación en nuestros días es la falta de fe. Subscribo su planteamiento y afirmo con ella que hay que "creer en la educación" .

Efectivamente encontramos falta de fe en la escuela, como institución efectiva, y en los profesores; falta de fe en los padres, que reniegan de sus funciones educativas muchas veces absorbidos por las responsabilidades laborales; y falta de fe en los jóvenes, en su buena disposición para aprender.

Es urgente superar esa sensación de desconcierto y desorientación generalizada porque la educación vale la pena. O mejor dicho, sólo con la educación, las cosas valen la pena.

Siendo concientes de que hay mucho que corregir, tenemos que dejar de buscar culpables y asumir una actitud autocrítica y activa.

Hemos de recuperar la confianza en la capacidad transformadora de la educación, en la figura del docente amante de su trabajo y en el poder educador de la familia. También, claro, en la voluntad de aprender de nuestros jóvenes.

Y es que, por encima de todo, hay que creer en los alumnos. Son ellos los pilares del sistema educativo y de nuestra sociedad. Una sociedad que no cree en los niños y los jóvenes está muerta. Ellos son nuestro patrimonio más valioso porque son el futuro.

La sociedad del conocimiento requiere hombres y mujeres con sentido crítico, actitud dialogante, capacidad de dirigir una mirada interesada hacia el mundo, responsables de su propia historia y dispuestos a superarse día a día. En definitiva, gente madura.

Es necesario insistir en el hecho de que el primer paso para alcanzar la madurez es aprender a leer y a saber leer.

La escuela de hoy no debe perder su finalidad primordial: la capacidad de alfabetizar. Ése fue su origen en el Renacimiento y es hoy una condición irrenunciable.

Promover la lectura, ejercitar la memoria e inculcar el hábito del estudio, entre otros, son fines ineludibles del ámbito escolar.

A la educación le hemos asignado un enorme reto: formar personalidades fuertes, solidarias y libres. Un reto que exige del concurso de todos y que demanda, especialmente, la búsqueda de complicidades entre los padres y los profesores.

Y esta colaboración se debe llevar a cabo sin menoscabar las responsabilidades de cada ámbito, y sin propiciar intrusismos absurdos. No podemos cargar toda la responsabilidad en los expertos y especialistas; ni podemos achacar los males de la educación a las familias.

Digámoslo claro: los padres quieren lo mejor para sus hijos y los profesionales de los centros educativos están capacitados para ofrecerlo. El respeto y la valoración de las funciones de cada uno es fundamental.

Escuela y familia son dos ámbitos diferenciados y cada uno tiene su espacio en educación. En casa, el ambiente es familiar, distendido y personal. Es el espacio para la protección, el consuelo, la afectividad y el amor. La escuela en cambio, es de naturaleza pública. Supone la concreción de un derecho y es, y debe seguir siéndolo, abierta y solidaria.

A los padres les mueve la búsqueda de la felicidad de los hijos. Por nuestra experiencia, porque tenemos más conocimientos y más criterio, tenemos la obligación de enseñarles a buscar la felicidad. Y felicidad es autoestima, sentirse satisfecho con la propia existencia; tener autonomía y criterio propio; saber disfrutar de las cosas buenas; saber invertir el tiempo con creatividad y entregando lo mejor de nosotros mismos a quienes queremos.

Y es en la familia donde los menores aprenden lo que vale la pena y lo que no. Ésa es la base del comportamiento moral que va a regir toda la vida.

Ninguno de los objetivos de bienestar es renunciable. Todos debemos cooperar para conseguir el mejor mundo posible. Por eso, es tan importante avanzar simultáneamente en todos los terrenos. En la igualdad de género y en la igualdad en el trabajo. En horarios escolares racionales y horarios laborales compatibles. En responsabilidades familiares compartidas y en promoción profesional para unos y otras. En calidad de vida para todos y todas. No hay que subordinar un derecho a la consecución de otro. Hay que luchar por un modelo y, para que la familia sea educadora, hay que hacer familias que vivan la igualdad de género.

La misión de la escuela ha de estar en consonancia con su naturaleza pública: inculcar habilidades y conocimientos para aprender a convivir. Nos hacemos personas en la medida en que aprendemos a contar con el otro. Por eso, la necesidad de contacto con el grupo es esencial para los alumnos. De la relación con los otros, aprende el niño las normas básicas para ejercitarse en la vida pública.

Aunque es la sociedad en su conjunto la que educa para ser buenos ciudadanos, en la escuela concurren las condiciones idóneas para ese aprendizaje.

La sociedad de la opulencia y la diversión es, en buena medida, responsable de la desorientación educativa. Hemos enseñado los valores consumistas y lúdicos antes que los del esfuerzo, el respeto, la convivencia y el uso razonable de la libertad. Y ha sido un error.

El cambio cultural que proponemos tiene que recuperar el buen sentido de palabras como autoridad y esfuerzo. No podemos perder esos valores fundamentales.

Y ello siempre sobre la base del respeto. La igualdad no puede malentenderse. Sin las mínimas normas de convivencia; sin capacidad de trabajo y sacrificio, no hay forma de enseñar, ni de aprender nada.

Un buen educador, por tanto, es el que sabe hacerse respetar por la calidad de sus conocimientos y el trato amable. Y sabe ser un referente para sus alumnos. Un buen proyecto educativo es el que reviste a la escuela de seriedad y autoridad para que en ella se pueda convivir y aprender.

La educación es revolucionaria. Ha sido así siempre y lo seguirá siendo porque está en su esencia aprovechar todo lo que significa progreso y la esperanza de una vida mejor.

Confío en la responsabilidad de todos para tomar parte en esta comprometida tarea que es la formación de la personalidad y la conciencia ciudadana de nuestros jóvenes. De ella depende el futuro y el bienestar de la sociedad en su conjunto.

Quiero que mis últimas palabras sean para las madres y padres de las cerca de 2.700 asociaciones que forman CODAPA. Mi felicitación por vuestro compromiso cotidiano por la escuela pública y la igualdad de oportunidades para los menores andaluces. Os animo a continuar la tarea democratizadora de este movimiento asociativo que busca un norte y una orientación en la educación de sus hijos.

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