David Montero

Nací en Sevilla al final del franquismo y aquí sigo viviendo 43 años después. Estudié EGB en un colegio “de pago” del que no guardo amigos y el bachillerato en el Instituto Bécquer, donde empecé a hacer teatro en una compañía con la que ganamos certámenes de teatro y fuimos a la Bienal de Jóvenes Artistas de Europa y el Mediterráneo: sí, yo fui un joven artista de Europa y el Mediterráneo. Creyendo que iba a hacerme escritor o flamencólogo, estudié Periodismo. No me interesó el oficio, pero sí la biblioteca y algunas personas. También estudié Arte Dramático.

Mi carrera teatral comenzó en un parque temático e inmediatamente después participé en el laboratorio de teatro contemporáneo de Atalaya-TNT. Esta dualidad me parece no sólo significativa sino necesaria para alimentar mi esquizofrenia y así entender la vuestra. Después del laboratorio, vino mi primer paro. Se me ocurrió una solución genial: escribir una obra de teatro y ganar un premio. Conseguí lo primero, no lo segundo; pero insistí. Algunas de mis obras se han publicado, han ganado algún premio o se han representado. Entre ellas, me gustan especialmente “Lullaby”, “Insomnios” y “Españoles, Epi y Blas han muerto”. También he hecho dramaturgia para performances (lo juro) y para espectáculos de danza y flamenco, las que creo que me han quedado mejor son “Al cante”, “Bailes alegres para personas tristes” y “La guasa”. Últimamente, además, enseño lo que sé sobre escribir teatro en un taller de la Escuela Pública de Formación Cultural en Sevilla.

También he desarrollado una carrera guadianesca pero obstinada como actor. Entre los directores (y directoras) con quienes he trabajado, he aprendido especialmente con Pepa Gamboa, Antonio Álamo, Juana Casado y Alfonso Zurro. He interpretado al Conde-Duque de Olivares, al Edgard del Rey Lear, a Hipólito y a algunos otros personajes menos conocidos, pero no menos queridos por mí. Algunas de estas propuestas han sido producidas con compañías independientes, un par de ellas con el CAT y varias con TNT. Ahora mismo, ando inmerso en el proceso de interpretar el Comendador en Fuente Ovejuna. La versión es de Antonio Álamo, la dirige Pepa Gamboa, la protagonizan las gitanas del Vacie y la produce TNT.

Y, para desmentir (o confirmar) el refrán de que quien mucho abarca poco aprieta, he firmado la puesta en escena de un puñado de espectáculos. Algunos han sido de eso que llaman flamenco; uno de ellos fue Premio de la Crítica del Festival de Jerez (Los invitados) y otro fue finalista de los Max (Rosa, metal y ceniza). En esa andadura flamenca he trabajado con gente como Belén Maya, Juan Carlos Lérida, Olga Pericet, Javier Barón o Niño de Elche. He dirigido otros de lo que no llaman flamenco o no saben cómo llamar o llaman teatro de texto. Igual no han ganado premios, pero aprendí y disfruté con todos. Ahora me apetece nombrar “El nido” de/con Noemí Martínez Chico, “El que no llora no mama” de/con Anabella Hernández y “La charla”. Como soy curioso y jartible, también he ejercido de ayudante de dirección (oficio que me encanta) y regidor.

Decía Enrique Morente que, en el flamenco, no había maestros sino alumnos. Yo estoy de acuerdo, y creo que esa frase puede aplicarse a la vida y el arte en general (si es que existen). Yo me siento alumno de:

  1. Alguna de la gente con la que he trabajado, cuyos nombres no voy a reiterar.
  2. Otra gente con las que he tomado cursos (aunque no en todos los cursos que he tomado me he sentido alumno), cuyos nombres sí pongo aquí: Natsu Nakayima, Miguel Narros, Antonio Onetti, Gabriel Chamé, Rafael Cobos, Alberto Cortés, Ricardo Iniesta, Patricia Caballero, José Sanchís Sinisterra, Rafael Morales,...
  3. Y, claro, he aprendido mucho de gente con la que no he trabajado, pero a las que he leído (en el amplio sentido de la palabra) mucho y/o bien: Bolaño, Lorca, Cortázar, Bergman, Woody Allen, Israel Galván, Anne Carson, Liv Ullman, José Isbert, Chejov, Juan Antonio Bermúdez, Jack Lemmon, Kevin Spacey, Pina Bausch, Doris Lessing, Duchamp y gente así. A mi familia y tal la dejo para la dedicatoria que haga cuando me den un premio.
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