23
20:00
10
21:00
Feb/Mar

SALA

Hall

Exposición

Exposición: El tiempo detenido

Imágenes de la danza

Con la colaboración del Goethe Institut (Madrid)

 

El único registro del arte de un bailarín reside en otras artes.

Martha Graham

 

Movimiento y fotografía – ¡qué contradicción! Y no sólo en el arte. El movimiento – motor de todo cambio – se entiende como un principio fundamental de lo viviente y presente como tal, encontrando su exaltación estética en la danza artística. La danza significa movimiento, un movimiento sostenido por la música, la melodía y el ritmo. La danza simboliza dinamismo y continuo cambio.

 

Junto con la fascinación ejercida por el movimiento y sus desafíos inherentes para la técnica de la fotografía, siempre ha sido también el anhelo de lograr el contacto ideal entre movimiento e imagen - que ya impulsaba a los pioneros de la fotografía de la danza - el que originó la gran diversidad de aproximaciones de la fotografía a la danza y que ha mantenido vivo hasta el día de hoy el juego fascinante y polifacético de las posibilidades del registro gráfico del movimiento y su contemplación. Un juego que nos hace olvidar que fijar un movimiento con el medio de la fotografía significa en primer lugar perder la relación directa del movimiento con el tiempo y el espacio. Y que sin embargo simultáneamente sugiere la ilusión de fijar el movimiento fugaz del bailarín en el momento mismo del instante.

 

El resultado de este juego de posibilidades son imágenes cuyo objetivo es captar o crear una fracción de segundo de un movimiento, un momento que es tan fugaz que de otra manera parecería disolverse en el flujo continuo de la contemplación de la danza. Pues la vivencia de la danza, la más fugaz de todas las artes, es particularmente subjetiva ya que consiste en la percepción de la confluencia de un sinnúmero de elementos que una y otra vez - como escribe el fotógrafo Walter Boje - son "filtrados por la disposición y capacidad receptiva del espectador“. ¿Podrá la fotografía del movimiento reflejar algo de todo eso?

 

La fotografía de un movimiento es pérdida y ganancia a la vez. Implica una pérdida porque no puede reproducir la duración de un movimiento orgánico específico. La fotografía fragmenta el espacio y dispersa el tiempo. Lo que queda es una huella de luz reflejada sobre una superficie bidimensional, un fragmento conservado. La fotografía de la danza crea un momento congelado, razón por la cual por de pronto es más "artificial“ que el arte de la representación, pues si bien lo "retrata" sólo puede retener un fragmento de ese arte. La fotografía de la danza muestra al cuerpo bailando como una mezcla de tiempo y luz, como un movimiento apenas asible, viéndose confrontada con la ambivalencia del dinamismo, por una parte, y la fotografía instantánea por la otra. Pero a pesar de todas las distancias, la relación entre las formas artísticas de la fotografía y el teatro siempre ha sido un matrimonio por amor. Una relación caracterizada por una profunda afinidad y simpatía que nace de la certeza de lo efímero de todas las artes escénicas, algo que ya constató nadie menos que el filósofo y sociólogo francés Roland Barthes, cuando escribió: "No obstante, la fotografía (me parece a mí) no se encuentra con el arte a través de la pintura, sino a través del teatro.“

 

"Una buena fotografía de danza es una foto que te retrata y que al dorso reproduce en forma correcta tu nombre.“ Una frase célebre entre bailarines y bailarinas. Una verdad banal que nos recuerda sin ilusiones que habitualmente la fotografía de la danza es un trabajo por encargo para periódicos y revistas. Un trabajo que para los clientes presupone por lo general la documentación de los acontecimientos en el escenario y por lo tanto la fiel reproducción de la fantasía preestablecida por el coreógrafo o la coreógrafa.

 

También en la época digital, las fotografías determinan nuestra imagen de la realidad. Con la manera en que los "los autores con la cámara“ manejan sus herramientas, según el momento en que accionan el obturador y con lo que finalmente sale del laboratorio para llegar a la luz pública, los fotógrafos determinan también nuestra imagen de la realidad de la danza; una imagen cuya característica es ser impregnada de la mirada subjetiva de un extraño. Es la destilación de los incontables momentos de una velada de danza en una imagen por parte del fotógrafo que de ahí en adelante marcará el recuerdo de una realidad escénica pasada. Una imagen que tanto para los coreógrafos como los bailarines lleva en sí el potencial de una cruel verdad. Para ellos, entre la documentación y la mirada subjetiva se desliza también una y otra vez el momento del fracaso antes de alcanzar el ideal estético, el momento de la derrota ante una realidad del teatro y de la vida demasiado poderosa. El "momento logrado“ sigue siendo la excepción.

 

Y sin embargo, es precisamente el anhelo del ideal el que une a coreógrafos, bailarines y fotógrafos en una especie de amor-odio que puede parecer extraño. Demasiado conscientes de su interdependencia, las partes se escrutan en forma crítica e intentan, no pocas veces, asegurarse del mutuo respeto y aprecio por medio de ciertos rituales.

 

 

La fotografía comienza a ser interesante para el arte escénico, cuando las imágenes revelan la mirada propia del fotógrafo y su interpretación muy personal de lo que acontece en el escenario. Sasha Waltz

Fotografiar la danza significa, en el caso ideal, transmitir la lógica interna del movimiento, revelándola no necesariamente en forma intelectual sino más bien visual. Algo tan simple como el perfil de una persona puede transmitir toda la dinámica de nuestra coreografía. Su expresión es directa – su efecto va directamente del ojo al cerebro.

William Forsythe

 

Desde que surgió la fotografía del movimiento en el siglo 20, la colaboración entre fotógrafos, por una parte, y bailarines y coreógrafos, por la otra, ha permitido la creación de imágenes que combinan de manera excitante la riqueza imaginativa de la danza contemporánea con las modernas técnicas de la fotografía. La interacción de los momentos más fascinantes del movimiento artístico – saltos aparentemente ingrávidos, bailarines suspendidos, giros que no parecen tener fin – y de las perspectivas más diversas del arte fotográfico convierten a la danza captada en una imagen en un medio nuevo, absolutamente único: la imagen danzante.

 

Una exposición que abarcara todas las miradas fotográficas sobre la danza en Alemania llenaría un museo completo. Un museo cuyo centro no sería la afirmación "¡así fue!“ sino más bien la confesión "¡Yo lo vi así!“. Precisamente por eso es muy difícil formular a partir de la totalidad de las miradas fotográficas reunidas allí una afirmación acertada, universal sobre la danza en Alemania. Más bien sobre la forma en que la danza en Alemania, su diversidad y gusto por la experimentación ha motivado a los fotógrafos a enfrentarse a ese mundo, y cómo esto ha terminado por remecer también los mundos de las imágenes fotográficas.

 

En todo esto, el movimiento y la fotografía siguen siendo opuestos. Porque en realidad la fotografía no puede reproducir el movimiento – al contrario: lo reinventa. Con ello, la fotografía tiene la oportunidad de adquirir una calidad estética totalmente propia que puede ser independiente del movimiento retratado. No obstante, el secreto que se esconde detrás de la fotografía de la danza es el favor del momento en el que este arte del momento tiene su origen. Es el instante del salto entre la fotografía y la danza, por decirlo así un salto fantástico entre dos líneas paralelas que en realidad apuntan hacia el infinito. Un instante en verdad de ensueño - un instante de dicha que se produce o puede producirse en la obra de todo fotógrafo dedicado a la danza. Es imposible fotografiar la danza sin amarla. Conjurar los elementos del movimiento en el instante fotográfico (apoyado por el favor del momento) y conservar a la vez la vida en su dinámica fuerza expresiva, es la virtud fotográfica y artística de los fotógrafos de la danza – es su magia.

Thomas Thorausch